El Pájaro de Fuego: la noche en que Stravinsky incendió París
El estreno
Noche del veinticinco de junio de 1910, en la Ópera de París. Se presenta por primera vez L'Oiseau de feu. El teatro lleno, la expectación acumulada desde la temporada anterior gracias a los Ballets Russes —la compañía itinerante de ballet fundada por el visionario empresario ruso Sergei Diaghilev— y un público que esa noche no sabía que estaba a punto de presenciar historia.
Lo que ocurrió aquella velada quedó para siempre en el recuerdo de quienes estuvieron presentes. Pero la mejor manera de entenderlo no está en las crónicas del estreno, sino en lo que había pasado semanas antes, cuando el crítico francés R. Brussel fue invitado por Diaghilev a escuchar la partitura en privado, tocada por el propio compositor al piano. Su testimonio lo dice todo:
"El compositor, joven, delgado y poco comunicativo, con ojos vagos y meditativos y labios firmemente apretados en un rostro de aspecto enérgico, estaba sentado al piano. Pero en el momento en que empezó a tocar, la habitación modesta y poco iluminada se iluminó con un brillo deslumbrante." — R. Brussel, crítico musical
Esa noche, Stravinsky tuvo que salir varias veces a recibir los aplausos del público entregado. Con apenas veintisiete años, era ya la estrella de París.
El joven Stravinsky
Igor Stravinsky nació el 17 de junio de 1882 en Oranienbaum, una pequeña localidad de la gobernación de San Petersburgo. Desde niño mostró un oído y una sensibilidad fuera de lo común, aunque no siempre encontró los maestros a la altura: en sus Crónicas de mi vida relata que su primera profesora de piano poseía, bajo sus propias palabras, "un gusto musical increíblemente malo", lo que le provocó una profunda decepción a sus nueve años.
Su gran vínculo con la música vino de casa. Su padre, Feodor Stravinsky, era un reconocido cantante tenor de la Ópera Imperial Rusa, y acostumbraba a ensayar sus libretos en el hogar familiar. El pequeño Igor crecía así rodeado del mundo de la ópera sin necesidad de salir a buscarlo. Cuando por fin pudo asistir a una representación, a los once años, quedó profundamente conmocionado por las luces, el vestuario y la atmósfera del teatro. Por esa misma época tuvo la fortuna de presenciar la Sinfonía Patética de Tchaikovsky dirigida por el propio compositor, una experiencia que marcaría su sensibilidad para siempre.
El puente entre esa infancia musical y el encargo de El Pájaro de Fuego lo tiende un hombre: Sergei Diaghilev. En 1908, dos obras del joven Stravinsky —el Scherzo fantástico y Fuegos de artificio— fueron interpretadas en San Petersburgo. Entre el público estaba Diaghilev, que quedó tan impresionado que decidió incorporar a Stravinsky a su círculo. Así comenzó una de las colaboraciones más fructíferas de la historia de la música.
La obra: origen y anécdotas
Todo parte en el verano de 1909, cuando Diaghilev le encarga a Stravinsky la composición de la partitura de El Pájaro de Fuego para presentarla en la siguiente temporada de los Ballets Russes. Stravinsky no fue el primer candidato: el encargo había recaído inicialmente en Anatol Liadov, pero su exasperante lentitud para trabajar llevó a Diaghilev a buscar una alternativa. Confiando en la energía y la rapidez del joven compositor, le transfirió el proyecto.
La producción no estuvo exenta de contratiempos.
Uno de los más recordados involucra a la gran Anna Pavlova, quien en un primer momento iba a interpretar el papel del Pájaro de Fuego. La bailarina, sin embargo, se negó rotundamente a danzar lo que ella llamó "semejantes necedades", y tuvo que ser sustituida por Tamara Karsavina. A la postre, fue Karsavina quien se convirtió en una de las grandes protagonistas del éxito de la noche, acompañada de una producción visual deslumbrante: la escenografía y el vestuario a cargo de Alexander Golovin y Leon Bakst eran de una riqueza y originalidad que el público parisino pocas veces había visto en un escenario.
El argumento
El Pájaro de Fuego es un conte dansé —un cuento danzado— basado en leyendas del folclore ruso, específicamente en una recopilación de cuentos de Aleksandr Afanásiev que incluye las figuras del Pájaro de Fuego y del malvado Koschéi el Inmortal.
El ballet se desarrolla en dos escenas. En la primera, el telón se alza sobre el jardín nocturno del mago Kaschéi: un mundo oscuro y misterioso. El Príncipe Iván irrumpe persiguiendo a un ser extraordinario, mitad mujer, mitad ave, con un plumaje que brilla como oro y fuego. Lo atrapa, pero ante las súplicas del Pájaro acaba liberándolo. Como muestra de gratitud, el Pájaro le entrega una pluma mágica con la que podrá llamarlo cuando lo necesite.
En la segunda escena, amanece. Unas princesas encantadas por el mago salen a jugar al jardín; el Príncipe Iván se enamora de la más bella, la Zarevna. Pero la paz dura poco: llega Kaschéi furioso, acompañado de su corte de monstruos, dispuesto a convertir al intruso en piedra. En el momento de mayor peligro, el Príncipe recuerda la pluma mágica y llama al Pájaro de Fuego. Este aparece y obliga a los monstruos a danzar hasta el agotamiento. En el combate final, el Príncipe destruye con su espada el huevo en el que Kaschéi guarda su alma —pues solo así puede morir quien es inmortal— y el mago cae retorciéndose. Sus víctimas, los caballeros petrificados y las princesas cautivas, recuperan la libertad. El Príncipe Iván conduce a la Zarevna a su palacio entre la alegría general.
La música
Pero El Pájaro de Fuego no sería lo que es solo por su argumento.
Su recurso más brillante es la distinción sonora entre el mundo de los mortales y el mundo mágico. Los personajes humanos —el Príncipe Iván, las princesas— están representados por melodías diatónicas: sencillas, cálidas, cercanas a los cantos populares rusos que Stravinsky conocía desde niño. En cambio, el Pájaro de Fuego y el malvado Kaschéi habitan en un universo cromático, lleno de disonancias y tensiones armónicas que los hacen sonar extraños, inquietantes, de otro mundo.
La orquestación es igualmente extraordinaria. Stravinsky, que aún no había cumplido los treinta años, ya manejaba la orquesta como pocos. El famoso pasaje de glissandi en las cuerdas al comienzo —ese murmullo escalofriante que abre el ballet— es una de las sonoridades más originales de toda la música del siglo XX. Y la Danza Infernal, con su energía brutal y sus ritmos implacables, presagia ya el mundo que Stravinsky exploraría tres años después en La Consagración de la Primavera.
El último movimiento de esta obra posee una fuerza conmovedora. Comienza tan suave, casi melancólico, en busca del consuelo, que prontamente le van brindando el resto de los instrumentos, hasta llegar a un culmen de belleza tan profundamente alentador y desgarrador que no hace más que brotar lágrimas en los ojos: la emoción pura de uno de los ballets más hermosos jamás concebidos en la historia de la música, y que llegó a consagrar a Stravinsky como uno de los grandes compositores del siglo XX.
Los invito a escuchar el final de esta obra en la interpretación de Gustavo Dudamel con Los Angeles Philharmonic del 2020. Dejad que el último movimiento haga su trabajo.
¿Conocían esta obra? ¿Qué momento de la música les ha llegado más hondo?
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