Tren y Maleta

 Es otro día miércoles, y como todo miércoles, me pongo mis mejores pintas. Mi amado frac con corbatín de seda y mis zapatos bien lustrados. Espero en la estación de la salitrera San Ilusión la llegada del tren que viene de Copiapó.


Esta estación conoce mi rutina y yo la suya. Los lunes virutillan el suelo empolvado desde temprano, o bueno, lo hacían hasta hace unos 7 años. Ahora soy yo quien viene a remojar la madera cuando me entra la mona, pa' que esté presentable para tu llegada, pues. Siempre se ha dicho que se sabe mucho de un hombre por sus zapatos. Para mí, se sabe más por cómo mantiene su piso. Esta estructura, aunque vieja, aún protege del sol —que es lo más importante en esta pampa del demonio— porque con estas pintas, paisita, créame que es mejor quedarse en la zona de tiros.


A lo lejos se escucha el silbato.


—Por fin está llegando ese tren del carajo.


Solo puedo mirar al cielo y encantarme con ese azul profundo que solo el desierto te puede entregar. Es su forma de dar misericordia cuando te quema la piel sin piedad.


La rutina cambió, eso sí. Nunca vengo con maletas; las manos las necesito para cargar las tuyas hasta la casa. Pero hoy no. Hoy la cosa cambia.


Cuando por fin se decide a parar este bullicioso búfalo agotado, me quedo expectante unos instantes. No vaya a ser…


Pero no. Hoy no.


Tomo mis maletas, limpio estos zapatos con un gesto rápido, y ya está. Uno no puede esperar por siempre, pues, paisita. Hay que cantar cuando la gallina no vuelve al nido.

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